Rocío, fe y tradición: la historia de una romería que marca a Sevilla.
Cada primavera, cuando el calor empieza a abrirse paso en Andalucía y el campo se llena de luz, miles de peregrinos ponen rumbo hacia la aldea de El Rocío.
Entre el sonido de los tamboriles, el crujir de las carretas sobre la arena y el canto emocionado de las sevillanas rocieras, se revive una tradición centenaria que ha logrado mantenerse intacta en lo esencial pese al paso del tiempo. La Romería del Rocío no es solo una peregrinación. Es historia, fe, cultura e identidad. Y pocas provincias la sienten tan profundamente como Sevilla.
La historia del Rocío se remonta varios siglos atrás. Su origen está ligado a la aparición de una imagen mariana que, según la tradición, fue hallada entre los siglos XIII y XIV por un cazador o pastor en una zona del antiguo bosque de las Rocinas, en el actual entorno de Doñana. Aquella imagen de la Virgen fue trasladada a una pequeña ermita levantada en el lugar, donde pronto comenzó a despertar una enorme devoción popular.
En sus primeros tiempos fue conocida como Santa María de las Rocinas, por el nombre del paraje donde apareció. Con el paso de los siglos, la devoción creció de manera extraordinaria y el nombre evolucionó hasta convertirse en Nuestra Señora del Rocío, advocación con la que hoy es venerada universalmente y por la que también recibe el cariñoso nombre de “la Blanca Paloma”.
Ya en los siglos XVI y XVII existen referencias documentadas de peregrinaciones y cultos en torno a la Virgen. Pero fue especialmente a partir del siglo XVIII cuando la romería comenzó a consolidarse como una celebración multitudinaria. Hermandades procedentes de distintos municipios empezaron a organizarse oficialmente para acudir cada año al santuario, estableciendo un modelo de peregrinación que sigue vivo en la actualidad.
Lo extraordinario del Rocío es que ha sabido crecer sin perder su esencia.
Lo que empezó como una expresión de fe local terminó convirtiéndose en una de las romerías más importantes de España y en uno de los acontecimientos religiosos y populares más relevantes de Europa. Hoy reúne cada año a cientos de miles de personas, no solo andaluces, sino también peregrinos llegados desde otros puntos del país e incluso del extranjero.
Pero más allá de las cifras, el Rocío sigue manteniendo intacto aquello que lo hace especial: el camino.
Porque si algo define esta romería es que no se trata únicamente del destino. La peregrinación empieza mucho antes de llegar a la aldea. Comienza en los preparativos, en los cultos previos, en el cuidado del Simpecado, en la decoración de las carretas, en el sonido del coro ensayando semanas antes. Y continúa durante días atravesando senderos, marismas, pinares y caminos de arena hasta llegar al santuario.
Ese trayecto es una experiencia profundamente emocional, espiritual y colectiva.
Y ahí es donde Sevilla ocupa un papel fundamental.
La relación entre Sevilla y el Rocío es inseparable. No solo por cercanía geográfica o por tradición religiosa, sino porque gran parte del alma rociera se expresa a través de las hermandades sevillanas. La provincia cuenta con algunas de las corporaciones más antiguas, numerosas e influyentes del Rocío, muchas de ellas con siglos de historia.
Hermandades como la de Sevilla, Triana, Gines, Coria del Río, Umbrete, Pilas o Villamanrique de la Condesa son referentes dentro de la romería. Cada una posee una identidad propia, sus costumbres particulares y su forma de vivir el camino, pero todas comparten una misma devoción por la Virgen.
Especialmente simbólico es el paso por Villamanrique, conocido como la “puerta del Rocío” para muchas hermandades. Allí se produce uno de los momentos más esperados de la peregrinación: el paso ante la plaza del pueblo, entre vítores, palmas y emoción contenida. Es una imagen que se repite año tras año y que forma parte de la memoria colectiva rociera.
En Sevilla, el Rocío se vive como algo heredado.
Es habitual encontrar familias enteras vinculadas a una hermandad desde hace generaciones. Abuelos que hicieron el camino a caballo, padres que crecieron en carriola y niños que reciben su primera medalla siendo apenas bebés. Es una tradición que pasa de mano en mano, de casa en casa, de generación en generación.
Y eso le da un valor cultural enorme.
Porque el Rocío en Sevilla no pertenece solo al ámbito religioso. También forma parte del patrimonio social y emocional de la provincia. Está presente en la música, en el cante, en la indumentaria, en la gastronomía, en la convivencia y en una forma concreta de entender la celebración compartida.
Durante esos días, Sevilla se vuelca.
Las salidas de las hermandades son auténticos acontecimientos en barrios y pueblos. Las calles se llenan de vecinos despidiendo a los peregrinos. Suenan campanas. Se cantan sevillanas. Se rezan salves. Se lanzan flores. Hay abrazos largos, lágrimas de emoción y promesas que se renuevan.
Todo eso convierte el Rocío en mucho más que una romería.
Es un punto de encuentro.
Es identidad colectiva.
Es pertenencia.
Es también una de las expresiones más claras de la religiosidad popular andaluza, entendida como una fe vivida desde la calle, desde la comunidad y desde el sentimiento compartido.
A ello se suma el valor simbólico del entorno donde se desarrolla. El paisaje de Doñana —con su arena, sus pinares y sus marismas— es inseparable de la historia del Rocío. Durante siglos ha sido el escenario natural del camino y sigue siendo parte esencial de la experiencia. La naturaleza acompaña la peregrinación y le da un carácter casi ceremonial.
Y después llega la aldea.
Miles de personas se concentran alrededor del santuario esperando el momento culminante: la salida procesional de la Virgen del Rocío durante la madrugada del lunes de Pentecostés.
Es uno de los instantes más emocionantes de toda Andalucía.
La imagen sale al encuentro de sus fieles entre vivas, lágrimas y cantos. Las hermandades esperan durante horas su paso. La devoción se vuelve visible, casi palpable. Es una mezcla de fervor, alegría y emoción colectiva difícil de explicar para quien no la ha vivido.
Ahí culmina una historia que lleva siglos escribiéndose.
Y ahí también se entiende por qué Sevilla sigue sintiendo el Rocío como algo propio.
Porque el Rocío es memoria y presente al mismo tiempo.
Es tradición y renovación.
Es patrimonio religioso y celebración popular.
Es historia viva.
Y sobre todo, es una forma de caminar juntos hacia un mismo lugar físico y emocional.
Por eso cada año, cuando las hermandades sevillanas vuelven a ponerse en marcha y el polvo del camino empieza a elevarse bajo las ruedas, Andalucía reconoce una escena que ha atravesado siglos sin perder su fuerza.
No es solo una romería.
Es una historia compartida que sigue avanzando al ritmo del tamboril.
Y Sevilla, una vez más, camina con ella.
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